La tipografía desempeñó un papel muy importante en los levantamientos sociales, económicos y religiosos que ocurrieron durante los siglos XV y XVI. Además de ser un poderoso vehículo para diseminar ideas respecto a los derechos del hombre y la soberanía de las personas, la impresión estabilizó y unificó lenguas. El analfabetismo comenzó a disminuir debido a la baja de precio de los libros, el inicio de la escritura popular, como las novelas románticas y de aventuras, y la proliferación del pliego suelto que hicieron cada vez más deseable y necesaria la lectura. La tipografía alteró radicalmente la educación.
La publicación continua de ediciones de Biblias permitió que se estudiara cada vez más. La gente por toda Europa formulaba su propia interpretación, en lugar de confiar en los líderes religiosos como fuente de la verdad. Esto condujo directamente a la reforma. Tanto Lutero como el papa León X usaron pliegos sueltos impresos en una disputa teológica ante una audiencia masiva.
Si en sus comienzos el libro impreso conservó las características propias del manuscrito no fue para confundir al comprador, sino porque no se concebía otra forma distinta de la establecida. Los editores renacentistas muy pronto empezaron a experimentar alternativas originales, desde la creación de tipos, la revisión de formatos y el ornamento en la encuadernación.
En 1463 Felice Feliciano dibuja el Alphabetum Romanum, cuyas letras están construidas sobre el esquema compuesto por un cuadrado, por sus diagonales y por el círculo inscripto; esta geometría regula las proporciones de los rasgos.
Las investigaciones sobre las proporciones armónicas ideales entre la masa impresa y la superficie del papel en blanco se recogen en un libro capital el tratado De divina proportione, escrito en 1509 por Luca Pacioli e ilustrado por Leonardo da Vinci.