Hacen del cuadro un espejo de la naturaleza, sumando cuidadosamente detalle sobre detalle hasta colmar el conjunto mediante paciente observación. El arte nórdico, que se preocupó menos de alcanzar la belleza y armonía ideales que el italiano, favoreció el tipo de representaciones cotidianas.
Entre sus mejores obras se halla el Retablo de Merode. Aquí experimentamos por primera vez la sensación de estar mirando real y efectivamente a través de la superficie del panel, un mundo espacial que posee todas las propiedades esenciales de la realidad cotidiana; profundidad ilimitada, equilibrio, continuidad e integridad. Trata de concretar hasta el máximo los menores detalles, definiendo cada uno de sus aspectos: forma y tamaño individuales, color, material, texturas de las superficies, grado de rigidez y manera de responder a la iluminación.
Se presentó el problema de transportar acontecimientos sobrenaturales desde un escenario simbólico a un ambiente ordinario, sin que por ello se convirtiesen en triviales e incongruentes. Resolvió este inconveniente acudiendo al método llamado simbolismo disfrazado, consistente en que todos los detalles de que encierra el cuadro, aun los más accidentales, sean portadores de un mensaje simbólico. Por ejemplo, las margaritas representan la castidad de la virgen.
Toda la gama de efectos que el óleo hace posible no fue descubierta de una sola vez ni por un solo hombre. El maestro de Flémalle contribuyó menos que Jan van Eyck, artista al que durante largo tiempo se le atribuyó la invención del óleo propiamente dicha. El aceite, elemento viscoso y que seca lentamente, puede dar una variedad de efectos, desde finísimas películas traslúcidas hasta el más grueso empaste. Los tonos pueden proporcionar así una escala ininterrumpida de matices, entre ellos, ricas sombras oscuras aterciopeladas, desconocidas hasta entonces.
Los van Eyck fueron los primeros en explotar completa y sistemáticamente lo que se conoce como perspectiva aérea. Resulta del hecho de que la atmósfera nunca es del todo transparente, el aire que hay entre nosotros y los objetos actúa a modo de brumoso filtro que nos impide ver con claridad las formas distantes; al acercarnos al límite de la visibilidad, desaparecen totalmente.
En El matrimonio Arnolfini, Jan ejercía la función de testigo; la finalidad del cuadro era mostrar exactamente lo que veía, y tiene valor de certificado matrimonial pictórico. El escenario doméstico, aun cuando muy persuasivamente realista, está lleno de un sutilísimo simbolismo disfrazado, expresivo de la naturaleza sacramental del matrimonio. Por ejemplo, la única vela de la lámpara, encendida en pleno día, representa a Cristo omnipresente.
Se propuso recuperar, dentro del nuevo estilo creado por sus predecesores, el drama emocional, el pathos, del pasado gótico. En su obra El descendimiento de la cruz se aprecia el modelado escultórico, con los pliegues quebradizos y angulares de los ropajes y la riqueza de encendidos colores. Su arte es más sencillo físicamente y más rico espiritualmente. Habla más de la vida interior de sus modelos y menos de su aspecto externo.
Su obra evoca una personalidad tensa y explosiva. En su Natividad, las manos de los campesinos reaccionan con una franqueza y asombro jamás acometidos anteriormente ante el dramático prodigio.