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El manuscrito iluminado

En el mundo cristiano medieval el libro no era simplemente un objeto de uso; tenía, en si mismo, un valor simbólico como testimonio de la salvación, un valor simbólico apenas inferior al de la cruz. La religión cristiana era una religión del Libro. El cristianismo no hacía diferencia entre el libro como un instrumento de comunicación y el mensaje que éste mismo trasmitía. El libro era la forma material de la fuente de la fe; no solo contenía el texto del Evangelio, sino que era el Evangelio.

La preservación del conocimiento dentro del monasterio incluía la realización de manuscritos iluminados. El término en sentido estricto se refiere a manuscritos adornados con oro y plata pero en general se les llama iluminados a cualquier libro hecho a mano e ilustrado que se haya producido en la edad media. Se realizaban con extraordinario cuidado y sensibilidad de diseño. La producción era costosa y tomaba mucho tiempo. Las tapas eran tablas de madera cubiertas de piel.

El iluminador era el artista responsable de la ejecución de los ornamentos y de la imagen, como apoyo visual del texto y el copista era el encargado de copiar los textos. La palabra era suprema y el scrittori ordenaba la composición de las páginas para indicar dónde debían agregarse ilustraciones después de que escribía el texto. A los superiores de los monasterios les preocupaba el valor educacional de los dibujos y la capacidad de los adornos para crear matices místicos y espirituales.

El aislamiento regional y la dificultad para viajar fueron causa de que la innovación y las influencias se expandieran muy lentamente, lo que contribuyó al desarrollo de estilos de diseño regionales.