The Times inaugura la era de la mecanización de la industria de la impresión en 1814. La sustitución de las arcaicas prensas permite la ampliación de los formatos, con lo cual los carteles y naturalmente las letras superan los estrechos límites a los que estaban sometidos.
La cantidad de tipos nuevos a los que se somete a toda posible variación, añadiendo sombreados, rayados, punteados, motivos florales, antropomorfos u ornamentales, así como la talla en madera de grandes cuerpos, integra al diseño tipográfico a una legión de profesionales que tienen muy poco que ver con el proceso riguroso y metódico del clásico grabador de punzones para tipos metálicos. La producción de este sector degenera seriamente hasta tal punto que hace tambalear la solidez de un sector que desde el siglo XV venía evolucionando firmemente.
Robert Thorne diseña entre 1804 y 1805 las primeras versiones de egipcias anchas y negras.
William Caslon IV proyectó y fundió uno de los primeros tipos de palo seco. En el proceso de objetivación de los supuestos valores formales de cualquier objeto de diseño gráfico, se parte de referencias no sólo intuitivas y empíricas sino, a veces, originadas por un cierto tipo de insuficiencias técnicas o manuales ciertamente casuales, de las que se ha perdido hoy el rastro.
En 1796 se inventa la litografía, un procedimiento que superará definitivamente el obstáculo que significaba la aplicación del color en los impresos y que permitirá al propio artista realizar el molde con suma facilidad.
A finales del siglo XVIII, el grabador Thomas Bewick revoluciona la xilografía con una simple novedad de absoluta eficacia, al sustituir con boj la madera de cerezo o peral con que se grababa habitualmente. La técnica derivada de este nuevo procedimiento permitía, a la manera del grabado calcogáfico, minuciosos y precisos trazos. Los miles de grabados de Bewick le sobrevivieron largamente y la mayor parte de las publicaciones editoriales inglesas del siglo XIX ut6ilizaron el enorme fondo icónico elaborado por él y los miembros de su taller.
Las ediciones populares introducen la novedad del éxito masivo e inmediato de numerosos escritores y la implantación de otro género esporádicamente ensayado durante el siglo XVIII se acredita en esta época: los libros infantiles ilustrados.
Arthur Rackham dotó a sus ilustraciones de una atmósfera coloreada envolvente y misteriosa, de tonos empañados, acentuando los contrastes entre los nudosos árboles deshojados, las casas curtidas por la intemperie y sus etéreas niñas de marfileña complexión.
Beatrix Potter con su aplicación del naturalismo, creó un estilo femenino.
En 1840 se implanta el sello de correos, la intervención más creativa y multiforme del estado en lo que a papel impreso se refiere.
Con la inauguración de la primera gran exposición universal, celebrada en Londres en 1851, se despierta el sentido propagandístico de la industria. Su marco físico es el polémico Crystal Palace, proyectado por J. Paxton y construido con materiales nuevos el hierro y el cristal. Ofrecía al visitante el impresionante muestrario que la industria y el comercio fueron capaces de elaborar, entre los cuales se hallan las nuevas máquinas de vapor. El mito de la máquina y la nave industrial como exponentes de la civilización industrial quedó inmortalizado a través de las marcas, etiquetas, envases y envoltorios de los primeros productos fabricados en serie. La presencia del producto ya no es el elemento principal a percibir, sino que a menudo lo es la máquina o incluso el lugar donde se fabrica.
En diseño victoriano son características las abigarradas composiciones gráficas, supliendo en ocasiones la efigie de la propia reina al escudo del imperio británico o a motivos exóticos orientales, testimonios visibles de la colonización. Los trofeos conmemorativos, generalmente representados en forma de medallas, son orgullosamente exhibidos en las etiquetas e impresos comerciales como garantía de calidad. Las decisiones de diseño fueron pragmáticas. La confusión estética condujo a diversos enfoques de diseño y filosofía mezclados sin orden y con frecuencia contradictorios. El amor victoriano a la complejidad y a la minuciosidad fue expresada por adornos superfluos adosados a la arquitectura, al embellecimiento extravagante de productos y los ribetes elaborados y letreros en los diseños gráficos.
La novedad en el uso de la figura femenina como elemento simbólico de atracción es distinto según el país. En Francia se potencian los aspectos eróticos pero en Inglaterra la figura femenina es tratada con el respeto que la condición a la que pertenece el símbolo humano de su poderoso imperio inspira y exige. La publicidad inglesa se caracteriza por un notable grado de dignidad, tanto en su contenido como en sus formas. La época victoriana fue una etapa de fuertes creencias morales y religiosas, convenciones sociales y oprtimismo.
Honoré Daumier trató la caricatura y la ilustración con una profunda convicción social y política. La capacidad de síntesis de sus composiciones y la voluntad de conseguir así que la caricatura hablara por sí misma, sin apenas leer el breve texto que aparece al pie de las figuras, determinan una concepción gráfica muy semejante al cartel publicitario moderno. El autor se expresó gráficamente en un lenguaje profundamente nuevo.
El profundo conocimiento técnico del medio, asimilado por Jules Chéret desde su infancia, junto a la rapidez y soltura con que dibujaba, permitieron elaborar una quasi industrial producción de más de mil carteles que cubre el último tercio del siglo XIX. Esa enorme cantidad de carteles y la obstinada presencia en ellos de una figura femenina protagonizando la escena, dan a sus carteles, un carácter personal muy alejado del respetuoso canon inglés. La carga erótica con que salían a la calles las chéret fue sin duda responsable del éxito de su autor y de los productos que anunciaba, seduciendo a la satisfecha y trasnochada burguesía de la Belle Epoque.
El inquieto y magistral trazo de Henri de Toulouse-Lautrec marcó en el cartel una profunda y duradera huella. La influencia de la impresión japonesa es muy evidente en la silueta plana, en el color sin modulación y el dibujo curvilíneo estilizado. Se destacan particularmente las series de carteles para los cantantes Jane Avril y Braunt, donde la dicción del lenguaje publicitario alcanza su mayor pureza al acentuar criterios espaciales con amplias zonas vacías de ornamento, con un simple fondo de color brillante. Fue un excelente pintor pero un pésimo tipógrafo. Frecuentó los clubes nocturnos y burdeles de París, dibujando y desarrollando un estilo periodístico ilustrativo que captó la vida nocturna. En la goule au moulin rouge las formas se convierten en símbolos; en combinación estos significan un lugar y un evento.
La facilidad con la que la imagen se aloja en la memoria de sectores sociales dotados de escasa capacidad cognoscitiva se plantea en esta sociedad pre- publicitaria como un incentivo de venta prioritario, extendiéndose as todos los productos de consumo popular. El gran descubrimiento social del siglo XIX es la calle. En ella la publicidad instala sus trincheras en las fachadas de los comercios y lanza su infantería en forma de hombres sandwich, mientras el aire de la ciudad inicia un lento proceso de polución visual con los anuncios murales que escalan impertinentemente las mayores y más estratégicas alturas. Además el nuevo orden ha establecido un sentido de la competencia para el cual resulta insuficiente el recurso indicativo del tipo de comercio.
A partir de 1839, Daguerre y Talbot completan el invento de la fotografía y divulgan un sistema de representación gráfica verdaderamente revolucionario, el de mayor credibilidad desde la óptica del receptor. La fotografía también se inserta en la multiplicación de imágenes exactas para la prensa y la publicidad. Se convierte progresivamente en el más autorizado testigo de nuestra época de la mano de su capacidad referencial absoluta y de la peculiar estructuración del pensamiento occidental que suele trascender al conocimiento únicamente aquello que previamente ha visto.
En 1895, los hermanos Lumiere presentan una nueva experiencia llamada cinematógrafo. Este constituirá la última extensión conocida de ese complejo proceso cultural que tiene por órgano perceptor el ojo humano.